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Testimonio de Sor Emmanuella

  • Writer: Amor Que Sana
    Amor Que Sana
  • Aug 28
  • 4 min read

Un papel con un nombre ¡Atracción!


Nací en Camerún, en el seno de una familia católica muy religiosa. Soy la última de 12 hermanos. Recuerdo que desde muy niña mis padres me llevaban a la Iglesia, pues mi padre era el responsable del orden y de la limpieza, junto con otras personas. Allí me sentía muy a gusto, sobre todo cantando en el coro. En casa no se rezaba mucho, fue en la escuela católica donde aprendí a rezar y el catecismo.


A los 8 años quedé huérfana de padre, para entonces mis hermanas ya se habían casado y tenían sus propios hijos y yo quedé con mis hermanos, así que me gustaba ir con ellos, sobre todo al fútbol.


Sor Emmanuella

Tenía 10 años cuando, junto con una amiga, formé parte de un grupo de oración en el que nos juntábamos para compartir la lectura de la Biblia u otro libro de piedad. Recuerdo que un día nos preguntaron si queríamos hacer algún comentario, todas guardamos silencio durante un rato y al final yo le dije que me había llamado la atención la frase: "al atardecer de la vida me examinarán del amor". Y comentábamos entre todas sobre la vocación religiosa, pero eso no entraba en mis planes.


Más tarde, con una prima, fui a las reuniones de las Focolarinas, donde nos divertíamos mucho, cantábamos, bailábamos, nos inculcaban hacer el bien, perdonar, hacer algún acto de caridad para compartirlo con el grupo (esto a mí no me gustaba, pues pensaba que era descubrir a la persona pobre y que eso no era bueno). También íbamos a otros pueblos de la diócesis… Era muy feliz. Me decían: "¿Por qué no vienes con nosotras?", pero yo no me sentía llamada a vivir con ellas la fe que había recibido desde la infancia.


Permanecía con mi madre en casa y con mi abuelita, pues ya todos mis hermanos habían formado su propio hogar, pero me ayudaban económicamente para que estudiara el bachillerato. Los años pasaban, jamás pensé ser religiosa.


Es costumbre de la Diócesis que durante el verano los seminaristas se distribuyan por las parroquias con la consiguiente participación de jóvenes. Los seminaristas nos enseñaban la liturgia, los cantos propios de la Iglesia y formación bíblica. A mis 17 años tuve la suerte de participar en ese curso de formación e incluso gané un premio de formación bíblica. Recuerdo muy bien que, cuando iba a recibir el premio, los allí presentes decían: "Ahí va Emmanuela, parece una monja".


Uno de los seminaristas me abordó y me dijo que me podría ayudar a discernir y me dio en un papelito el nombre de Sor Pilar Cobreros con su dirección. Yo lo guardé en el bolsillo sin más comentario.


Sor Emmanuella

En esta época algunas de mis amigas ya habían hecho la experiencia en algunos conventos de religiosas, unas en tres, otras en cuatro, pero yo les decía: no quiero hacerlo porque después me sería muy difícil discernir, además yo no sentía atracción alguna. Lo único que deseo es ser santa.


Una amiga me presentó un librito, "Cómic", de Madre Soledad. Yo no había oído hablar nunca de las Siervas de María y en mi entorno familiar tampoco, pero no sé por qué me quedé con el librito. Más tarde me entrevisté con Madre Pilar Cobreros, Sierva de María; esta me explicó su carisma, su forma de vivir, su espiritualidad, y me invitó a hacer una experiencia con otras jóvenes que también estaban en discernimiento.


En esa época tenía claro, lo que ya me habían dicho, que no debía buscar la perfección en las congregaciones religiosas sino más bien el carisma que me atrajese de verdad.


Hice la experiencia y desde el primer momento me quedé fascinada con el cariño, esmero y dedicación generosa de las hermanas en bien de toda clase de enfermos, sin distinción alguna; de la vida fraterna y de la liturgia. Regresé a mi casa con el aguijón de la vocación de Sierva de María en mi corazón.


Tuve que esperar un año pues no había aprobado los exámenes finales. Mientras tanto tuve tiempo para decirle a mi madre mi determinación, que mucho le costó, pero accedió pues deseaba que yo fuera feliz.


Y al año siguiente, obtenido el título de bachillerato y acceso a la universidad, a mis 19 años ingresé en las Siervas de María, donde me he sentido, desde el primer momento, como en mi propia casa.


Aquí, los actos de caridad de las hermanas se realizan de forma discreta, casi sin llamar la atención. La gratuidad con la que sirven es sencilla y sincera, y los enfermos agradecen la cercanía y el cuidado de las religiosas. El bien que hacen es profundo, y muchos se sienten tocados porque, en medio de su fragilidad, experimentan de algún modo las palabras de Jesús: "Estuve enfermo y me visitaste".


La frase que quedó grabada en mi corazón: "al atardecer de la vida me examinarán del amor" la puedo plasmar dando amor al atardecer de la vida de cada enfermo que cuido. ¡Soy feliz, muy feliz!


Sor Emmanuella



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