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Sor Ángela Bodego Gutiérrez: Testimonio de Fe, Amor y Caridad

  • Writer: amor que sana
    amor que sana
  • Apr 4, 2025
  • 5 min read

Updated: Jun 7

Sor Ángela Bodego Gutiérrez

Nací el 31 de mayo de 1950, en Villarrín de Campos (Zamora). Soy la tercera de seis hermanos.

Mi padre era agricultor, el medio de vida en aquellos tiempos en la zona… En dichas tareas colaborábamos todos según nuestras posibilidades. En casa había trabajo para todos. Mis padres daban mucha importancia a nuestra educación cristiana y cultural, gozando de nuestros progresos.


Una tarde otoñal, tras finalizar la escuela y dejar en casa la “Enciclopedia Álvarez”, único libro de texto de aquella época, mi amiga y yo cogimos nuestras respectivas bocatas con un buen puñado de castañas en el bolsillo… sin más pretensiones, nos largamos a la calle a correr, a lo que saliera… a jugar, etc. Ese día no existían motivos especiales que indujesen a pensar que algo nuevo iba a irrumpir con fuerza en mi vida, de tal forma que pudiese iluminar y encauzar mi existencia para el resto de mis días. Pero al doblar la primera esquina, ¡qué fatalidad!, nos abordó Severa, la típica “beata” del pueblo, rehuida por los chavales a fin de librarnos de sus trasnochados sermones piadosos. Nosotras, esta vez, no conseguimos escapar. Nos miramos resignadas, y con la mayor corrección —qué remedio— accedimos a su proposición. Y sí, fuimos a visitar a la señora Pepa, llevándole las galletas y el chocolate que la buena de Severa nos mandara comprar, a su costa, para que se lo lleváramos —como cosa nuestra—. “Se pone muy contenta cuando recibe visitas”, nos decía…


La encontramos medio desatendida, tendida en su cama bajita por su dificultad en las piernas… Allí, en ese escenario y cerca de mi casa, aunque la había visto infinidad de veces, por primera vez descubrí la vejez, la soledad, la enfermedad. Me encontré de frente con el mundo del dolor y, como si de un relámpago o visión se tratase, quedé deslumbrada. Se me ocurrió que aquella necesidad podía tener remedio con alguien que se dedicase a cuidar a esas personas en sus casas, y que yo podía ser una de ellas. La idea me entusiasmó. Percibí que el Señor me había mirado e invitado a seguirle. Había hecho el descubrimiento de mi vida. Pero el hallazgo quedó celosamente guardado en mi alma de adolescente, de tal forma que no informé a nadie de lo ocurrido; ni siquiera mi amiga llegó a enterarse. Desde entonces, aunque mi vida aparentemente seguía igual, yo sabía que había sido tocada por el Señor. Otras perspectivas se habían abierto en mi horizonte, y Dios me proporcionaría los medios para encauzar mis inquietudes. Percibía que los días en mi pueblo estaban contados, como la historia de Abrahán… “Sal de tu tierra, hacia la que te mostraré”.



Pasado un tiempo, y también al atardecer, a la hora décima, como le sucediera a Juan y Andrés, mi amiga me salió al encuentro e invitó a que tenía que ir con ella a un sitio. Sin conocer siquiera dónde, ya le dije que sí; faltaría más, las dos juntas al fin del mundo. Luego me explicó el plan. Se había enterado de la existencia de un colegio en La Coruña, Mosteirón… Sus padres hablaron con los míos y concretaron que iría a Zamora a conectar con la comunidad de las Siervas. Cuando me entregó la hojita en la que constaban los documentos y demás enseres necesarios que se precisaban para el internado, y leí: “Siervas de María Ministras de los Enfermos”, me cautivó… De tal manera que me encerré en mi cuarto, di vueltas y vueltas al asunto. Me parecía que la cosa tenía mucho que ver con lo de aquella lejana tarde otoñal. Había mucha sintonía de sentimientos, sorpresa… y por fin, ya me decidí. Me iría con ella al colegio a los pocos días. Nunca había oído hablar antes de las Siervas de María…


De entrada, mi partida supuso una ruptura dolorosa entre los míos. Aunque mi hermana mayor estudiaba en Salamanca, el vacío que yo dejaba en la mesa y vida familiar no era el mismo. Sospechaban que lo mío era definitivo y lucharon lo indecible por quitarme la idea de la cabeza, sobre todo en las últimas vacaciones. Con la ayuda del Señor y ante la firmeza de mis convicciones, a pesar de mis cortos años, algunos me apoyaron y otros respetaron mi opción sin mucho entusiasmo.


A través de los años, en los distintos centros de formación: colegio, noviciado, tercera probación, fue madurando mi vocación. Entre luces y sombras, como la vida de todo mortal. Me di cuenta de que ser Sierva de María merecía la pena. Había encontrado el lugar idóneo donde mis inquietudes evangélicas y mi pasión por Dios tenían cabida.


Llevo 43 años de profesa. Han pasado muchas cosas en mi vida: unas agradables y otras no tanto, como en la vida de cualquier persona y de cualquier grupo humano. No obstante, no me ha pesado nunca haberme decidido por Cristo, estar en las filas de Madre Soledad. Me siento un poco heredera de su espíritu, de su amor y entrega a Cristo y a los hombres; de su modo de hacer caridad.


He trabajado en varias casas de la Congregación, en actividades diversas, en las cuales he procurado dar lo mejor de mí misma. Nunca agradeceré bastante este don que Dios me ha hecho con la vocación. He sido testigo de la vida y me he alegrado con la felicidad de la madre que, por primera vez, ve al hijo nacido de sus entrañas, y he bendecido a Dios. He compartido la alegría con el enfermo y su familia tras la recuperación de su salud, después de cortas o largas estancias hospitalarias.



A muchos he animado a acercarse a recibir los sacramentos, a mejorar su vida cristiana, a ser más felices. He acompañado a otros también en el dolor de sus enfermedades, tanto en sus domicilios como en clínicas y hospitales. En ocasiones, guardando respetuoso silencio porque los problemas desbordan y sobran las palabras. Otras veces, ofreciendo, rezando. Procuro, al menos, que mi paso deje el buen sabor de una servidora buena del Evangelio; me gusta llamarlo “apostolado del buen recuerdo”.


Se intenta hacer el bien, pero es Dios quien da el crecimiento. En no pocas circunstancias también me ha tocado estar presente en ese momento supremo en que la vida del hombre se apaga. Horas impresionantes por la intensidad y profundidad que encierran de impotencia, de aceptación y de misterio.


Con María al pie de la cruz, estoy gozosa de participar con todo ese conjunto de experiencias de una Sierva de María que acompaña a las personas que se ponen en su camino, acompañándoles en su sufrimiento, ofreciendo y trascendiendo su dolor en el transcurso de las largas horas del día o de la noche junto al lecho de su enfermedad. Con su quehacer sencillo, laborioso y oculto, la Sierva es feliz porque ama y repara, porque colabora en hacer más humana y cristiana la vida de los hombres.


Para finalizar, me atrevería a decir, salvando inmensas distancias, uniéndome al pensamiento de San Pablo a los Filipenses: “…que, sin poner la confianza en la carne, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo… No es que lo tenga todo conseguido, sino que continúo mi carrera por ver si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo misma alcanzada por Cristo”.


Sor Ángela Bodego Gutiérrez

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