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Testimonio de Sor Yenifer

  • Writer: Amor Que Sana
    Amor Que Sana
  • 1 day ago
  • 3 min read

Mi nombre es Sor Yenifer Milánez Martínez; soy dominicana; crecí en una familia con valores cristianos. Mis padres, aunque no estaban tan comprometidos en la Iglesia, procuraban asistir el domingo a misa, o por lo menos que mi hermano y yo lo hiciéramos. Y así se fue arraigando la fe en mí. Al finalizar la catequesis y recibir los sacramentos, me ofrecí para ayudar a mi catequista en lo que necesitase; tenía diez años en ese entonces. Aunque era más bien tímida, viví mi adolescencia con normalidad.


Sor Yenifer

A pesar de que iba a misa con mucha frecuencia, no participaba de ninguna actividad extra, hasta que una compañera de la catequesis me invitó a la pastoral juvenil, y como no iría sola, accedí a acompañarla; allí comencé a abrirme más, realizábamos algunos apostolados, y me iba dando cuenta de que me sentía bien ayudando a los demás. Estos fueron momentos claves donde fui sintiendo en mí el deseo de entrega al Señor. Luego llegó el momento de iniciar la universidad, y aunque yo sentía la llamada de Dios, me hice sorda a esta llamada; pensaba en mis padres, en quién se haría cargo de ellos en el futuro…


El tiempo pasaba y, aunque yo seguía sirviendo al Señor, sentía que no era suficiente y que eso no era lo que Dios quería para mí. Más tarde un tío me invitó a formar parte de la renovación carismática, y así empecé a evangelizar a través del canto y la oración. En esos momentos fuertes de oración, el Señor me hacía sentir que me quería totalmente para Él; no obstante, yo seguía negándome. Pero hubo un día en el que sentí muy fuerte esa llamada, y como dice el profeta Jeremías: "me sedujiste, Señor, y me dejé seducir".


Retiré todas las materias seleccionadas en la universidad y les dije a mis padres que me iba al convento, sin saber dónde ir, sin tener relación con ninguna religiosa… Ante esta noticia tan inesperada, mis padres no entendían lo que me sucedía. A mi madre, sobre todo, le costó mucho, pues siendo en casa solo mi hermano y yo, fue muy duro para ella; pero poco a poco lo ha ido aceptando, viendo que soy feliz.


Ya había dado el paso de aceptar la llamada de Dios, pero ¿dónde y cómo iba a responder a esa llamada? Hablé con el párroco de mi parroquia, quien, observando que era miembro de la renovación carismática, me sugirió unas religiosas que tenían ese carisma; hice una experiencia con ellas, pero sentí que no era mi lugar.


Más tarde, una amiga de mi madre me habló de las Siervas de María y me indicó la dirección. Al llegar al convento, sentí que era allí donde Dios me quería. Más adelante fui conociendo su misión… Me encantó su carisma-misión: "el cuidado a los enfermos de manera esmerada y gratuita, además de procurar la salvación de su alma". A pesar de que la enfermería no era mi fuerte, sí me gustaban los enfermos y ayudar, de modo que me fui enamorando de ello, y hasta ahora me siento feliz, me siento realizada, porque ser Sierva de María es una dicha grande, porque es una dicha el poder cuidar al mismo Jesús en la persona del enfermo y ser sierva de su Madre.


Sor Yenifer

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