Sor Daniela: Testimonio de fe viva
- amor que sana
- Jul 3, 2025
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Updated: Mar 29
Testimonio de Sor Daniella – S. de Mª
Por su infinita misericordia, Dios permitió que mi existencia tuviera inicio un Domingo de Ramos, siendo así la número nueve de doce hermanos. Mi niñez y parte de mi adolescencia transcurrieron en el campo, donde la práctica religiosa era algo natural en nuestra vida. Rezábamos por las noches una decena del Rosario y, a medida que crecíamos, recibíamos los Sacramentos. Observaba cómo mis padres vivían su fe, y su ejemplo nos estimulaba a hacer lo mismo.
Papá nos leía la Biblia, que nos fue regalando a cada uno al llegar el momento, con una dedicatoria que decía: “La Biblia es el tesoro que te regalo y que debes leer mucho para amar y servir a Dios.” Recuerdo que me entregó la mía cuando partía al internado “Divina Providencia” junto a una hermana menor.
En el segundo año de estar allí, Dios encontró preparada a mi madre y la llamó a su lado. El dolor y el sufrimiento no tenían medida; sin embargo, también me consolaba saber que ya gozaba del Señor, después de una vida llena de cruces que llevó con fortaleza y confianza en Dios. Nos enseñó a perdonar y nos insistía en ser humildes. En una ocasión, me dijo: “Ve al Sagrario, allí está el Señor.”
Mi padre, hombre de profunda fe, nos dio ejemplo de caridad con los necesitados. Incluso llegó a acoger en casa a tres ancianos solos. A mis ocho años, me envió a acompañar por unos días a una mujer que había quedado sola tras la muerte de su madre. Percibo ese momento como mi primera asistencia, pues estuve junto a ella en medio de su dolor…
Dios bendijo a mi familia con tres hermanas religiosas: dos en la congregación de las Pequeñas Hermanas de la Divina Providencia, y una en las Hijas de la Inmaculada. Todo esto lo vivíamos con naturalidad y alegría, y yo pensaba que mi vida tendría dos opciones: el estado religioso o el matrimonial.
Al terminar la secundaria, comencé a preguntarme qué rumbo debía tomar. Estudié algunas carreras, pero nada me satisfacía. Un día, al conocer la vida de San Maximiliano Kolbe, sentí profundamente que ese debía ser mi camino: entrega a Dios y a los hombres, de manera incondicional.

Comencé a buscar una congregación que respondiera a mi deseo de una vida auténtica y austera. Así llegué a una Congregación Misionera, donde fui muy bien acogida. La vida de oración, la caridad entre las Hermanas y con los enfermos, todo me parecía hermoso. Sin embargo, con el tiempo, un gran vacío comenzó a invadirme. Cada vez veía más claro que ese no era mi lugar. Rogué mucho a María que me ayudara a encontrar y cumplir la Voluntad de Dios. Con su ayuda, partí de allí con dolor, pero con la certeza de que solo hacer la Voluntad Divina daría sentido a mi existencia. No deseaba otra cosa.
Pasado un tiempo, conocí a nuestra amada Congregación de Siervas de María Ministras de los Enfermos, gracias a un sacerdote trinitario. La primera vez que llegué me impactó ver a algunas Hermanas rezando en la portería, la imagen de Nuestra Señora de la Salud y la sencillez y alegría de la Hermana que me recibió. También me marcaron los libros sobre nuestra Santa Madre Soledad Torres Acosta y sobre Sor María Catalina Irigoyen.
Aun así, no era el momento de Dios para dar el paso. Comencé a estudiar Enfermería, mientras seguía en contacto con las Hermanas. Tras una experiencia de 15 días con ellas, determiné, con la gracia de Dios, ingresar. Me sugirieron terminar mis estudios primero, y así lo hice.
El 30 de agosto de 1999 ingresé al Aspirantado en La Paz (Bolivia). Fueron pocos meses, pero muy ricos para comenzar esta aventura de ser Sierva de María. Tuve mis primeras experiencias espirituales con el Señor a través de la vida de piedad, la vivencia comunitaria y las enseñanzas de la Madre Maestra.
El 9 de diciembre del 2002 di mi «sí» a Dios, abandonándome a sus planes, con gran deseo de cumplir su Voluntad. Los cinco años del Juniorado me prepararon y afianzaron mi vocación, hasta llegar a la Tercera Probación, donde el Señor, en su infinita misericordia, continúa colmándome de su gracia, puliendo mi entrega total y definitiva. Dios mediante, podré sellar esta entrega con mi Profesión Perpetua.
Aquí puedo decir con firmeza: Sí, siempre para Ti, Jesús. Tus proyectos y planes son mi único ideal, plasmados en el Evangelio y en mis Constituciones. Mi fidelidad la pongo en la tuya, Señor, porque solo en Ti es posible ser fiel.
María, dulce Madre, cada paso hacia la eternidad más te necesito, porque más descubro mi pobreza y mi nada. Sé que todo es gracia en mí. Tú, que fuiste fiel al don de Dios, ayúdame hoy y siempre a vivir esa fidelidad. Estoy segura de que nunca me abandonarás y me llevarás a la meta.
¿Y cómo finalizar este escrito sin acudir a mi Madre Fundadora?
Madre Soledad, en tu mismo espíritu el Señor se dignó involucrarme. Sigue caminando conmigo para vivir como tú viviste, mediante el don del Espíritu Santo. Madre, ¡cuánto te necesito para ser de verdad Sierva de María! Suplico, me alcances tus virtudes, la humildad y la caridad, para mí y para todas las que seguimos tus huellas, y así dar gloria a Dios y ser luz en medio del mundo que se debate en las tinieblas.
Tuya es mi vida, Señor. Dispón de ella dónde y cómo Tú quieras, pues ya mi existencia consiste únicamente en amarte a Ti y a mis hermanos.
Sor Daniela
S. de Mª




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