Sor María Luc: Del Vacío al Amor Pleno
- Sor María Luc
- Jun 6, 2025
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Updated: May 19
Sor María Luc – S. de Mª
“Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. San Agustín de Hipona.
El anhelo de Dios está inscrito en el corazón de todo hombre, por lo cual este no puede ser verdaderamente feliz si no es poseyéndole. San Agustín lo expresa perfectamente: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Es siempre a Dios a quien buscamos cuando perseguimos nuestra felicidad, y Dios, que mantiene su amor y su fidelidad por todas las edades, no deja de encontrarnos con los medios y en los lugares que menos pensamos. ¡Tanto nos ama nuestro Padre Dios!
Desde este contexto puedo exclamar: María, Madre, no soy digna, pero ayúdame a proclamar contigo y como tú que el Señor es grande y que en su infinito amor y misericordia puso su mirada en la pequeñez de su esclava, y porque me ama me separó para Sí, llamándome a estar con Él y contigo.
Mi vida, como toda vida, ha estado siempre bajo la mirada providente y amorosa de este Padre Bueno, aunque yo no me percibía de ello. Nací en el seno de una familia católica, pero apenas practicante. Mis primeras oraciones las aprendí de mi abuelita, quien alguna vez me instaba a acompañarla a misa en días festivos.
Al llegar a mi adolescencia, mi asistencia a la Iglesia fue más esporádica aún; se limitaba a la misa de Navidad y a algún evento social (boda, funeral…) cuando más. Mi vida por entonces se reducía, además de mis estudios, a bailes, fiestas, novios… Pero el Señor seguía cada uno de mis pasos, sin apartar de mí su tierna mirada. Y precisamente resultó ser a través de un chico a quien yo quería mucho y con el cual pensaba compartir mi vida para siempre, que Dios quiso atraerme hacia Sí. Por medio de este chico, a mis casi 17 años, fui introducida a un grupo de oración denominado Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo.
Debo confesar que mi motivación para asistir a dicho grupo no fue precisamente porque estaba interesada en orar o en Dios mismo, sino porque ello me daba la oportunidad de estar al lado de dicho muchacho. (Cabe mencionar aquí que, tras dos años de noviazgo, habíamos terminado nuestra relación, lo cual, a pesar de mi inexperiencia, resentí mucho). Esto me ofrecía la oportunidad de reiniciar otra vez nuestra relación, lo cual sucedió poco tiempo después. Me sentía contenta y no dejaba de asistir al citado grupo, con el muchacho, por supuesto.

¡Qué lejos estaba yo de imaginar lo que el Señor me tenía preparado! Poco a poco Él fue tomando posesión de mi vida y la motivación de mi asistencia a dicho grupo no era ya el chico, con el cual terminé definitivamente algún tiempo después y con una gran paz, contrario a lo sucedido la primera vez, sino por Aquél en quien encontré el amor más puro, más fuerte, más noble, un amor que hasta entonces desconocía. ¡Me percaté cuán íntima y personalmente era amada por Aquél que hasta entonces no había sido para mí sino como un personaje de una bonita fábula o de una fantasía, nunca un Alguien personal, real, vivo y verdaderamente interesado por cada uno de sus hijos! ¡Qué descubrimiento tan maravilloso, el más grande, el único que desde entonces dio sentido a mi vida!
En el encuentro con este Dios personal, cercano y todo amor, se fue dando en mí una transformación que sería el comienzo de una vida nueva, llena de sentido, de ilusión y cargada de esperanza. Aquí mencionaré brevemente que, por esas cosas de la vida, nunca viví con mi padre y mis relaciones familiares eran algo distantes, las cuales, a partir de dicha experiencia, comenzaron a mejorar, especialmente con mi madre, con quien hasta ahora mantengo una relación muy buena.
La primera vez que pensé en ser religiosa fue cuando, de regreso a casa de una de esas reuniones de oración a las que regularmente asistía, un muchacho me compartía su deseo de ingresar en el Seminario, a lo cual yo le expresé el mío de ser religiosa, cosa que no había pensado anteriormente, lo cual fue como una revelación para mí misma. Desde entonces ese pensamiento no me dejó. Contaba yo con 17 años y estaba cursando estudios de Secretaria, gracias a una beca que conseguí. A un primo mío que ingresó en los Franciscanos le pedí me proporcionara información sobre religiosas, enviándome posteriormente panfletos sobre distintas Congregaciones, los cuales leí, pero no los tomé en consideración porque, al estar estudiando con dicha beca, pensé que debía terminar primero mis estudios y después discernir con más seriedad. De esta manera, de no tener vocación, me decía, contaba con una profesión con la cual poder salir adelante en la vida.
Así fue pasando el tiempo y continuaba yo con mis actividades en la parroquia. Terminé mi carrera y comencé a trabajar, olvidándome de lo que había pensado sobre ser religiosa. Es en este tiempo cuando entré en contacto con las Siervas de María, aunque indirectamente, ya que, por acomodarse a mi horario de trabajo, acudía con cierta frecuencia a la Eucaristía que se celebraba en su convento. Por lo demás, hacía mi vida normal: trabajaba, convivía con mi familia y acudía también a reuniones sociales. Sin embargo, todo esto no me llenaba; sentía un vacío en mi interior que no sabía explicarme. Sólo sé que algo dentro de mí me decía que debía haber algo más, que la vida no podía reducirse a sólo eso, que había algo más importante.
Aunque en cierta manera me había ya olvidado de aquel primer pensamiento, Dios, quien lo suscitó en mí, siempre lo mantuvo. Y así, en una de esas ocasiones en que acudí a misa al convento, la Hermana Promotora me invitó a una experiencia vocacional que duraría 17 días. Estábamos en enero y tal experiencia sería en agosto del año 1999; contaba ya con 21 años de edad. Luché mucho para aceptar tal invitación porque ello determinaría lo que iba a ser de mi vida en adelante y sentía miedo. Después de un tiempo, ayudada de la citada Hermana y de un sacerdote con quien ella misma me puso en contacto, decidí vivir esta experiencia. Como estaba trabajando y no quería perder mi empleo en caso de no ingresar al convento, dejé en mi lugar a una prima. Así, decía yo, si Dios no me llama, tengo, por lo menos, mi trabajo seguro. Pero ya no fue preciso volver, sino presentar mi renuncia y despedirme de unos y otros.
Aunque no tenía seguridad de si esta era mi vocación, este nuevo modo de vida me cautivó. Era diferente, algo totalmente distinto a lo que conocía hasta entonces, y deseaba prolongarlo. Fue como el “Ven y lo veréis” que Jesús dirigió a Andrés y a Juan, y ellos “fueron, vieron y se quedaron con Él”. Con el correr del tiempo, entre luchas e incertidumbres, comprendí que verdaderamente el Señor me llamaba, que mi vocación era el don más grande y más hermoso que, después de la vida y de la fe, Dios en su infinito amor y misericordia me había concedido, el cual no cambiaría por nada en el mundo.
Ser posesión de Dios, pertenecerle a Él en cuerpo y alma, ser totalmente suya: esto llena todas las aspiraciones de mi corazón, pudiendo repetir con el salmista: “¡Me ha tocado un lote hermoso; me encanta mi heredad!”.
Sor María Luc
S. de Mª




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