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El arte de acompañar al enfermo en su soledad

  • Sor Encarnación
  • Sep 11, 2025
  • 4 min read

Updated: Jun 5

El carisma de las Siervas de María Ministras de los Enfermos es un torrente en crecida, como lo son siempre los dones del Espíritu Santo a su Iglesia. No se agota, como tampoco se agota el amor cuando brota del Corazón mismo de Dios. No se repite, porque el amor es siempre nuevo y tiene la capacidad de buscar mil formas para hacer visible lo invisible de Dios.


Cuidar al enfermo, “asistirle”, como es común oír decir a las Siervas de María, es un don recibido y un arte aprendido a los pies del Crucificado, procurando imitar a aquella primera Sierva que, junto a su Hijo en la Cruz, sigue inspirando a quienes llevan en su alma el ardiente deseo de consolar, acompañar, cuidar, servir y transformar, o mejor dicho, “transfigurar”, a los miembros doloridos de Cristo. Ahí radica la esencia de ser Sierva de María.


El arte de acompañar al enfermo en su soledad

No se trata solamente de cuidar realizando una labor social —que también lo es—; la misión evangelizadora va más allá, pues lleva a cabo su ministerio en el mundo del dolor, iluminando la oscura noche de quien padece y sufre de diversas formas: físicas, espirituales, morales o sociales. Según cada situación, la Hermana aportará un cuidado distinto, siempre marcado por su ansia de entrega, respeto y prudencia, con ese sello de humilde presencia que adivina cada posible necesidad y procura solucionarla con sensibilidad y ternura maternal. Sus manos se convierten en cauce de sanación; sus palabras son portadoras de luz y paz; y su presencia, signo del amor infinito del Padre misericordioso, que elige a sus Siervas para que sean mensajeras del Reino, transmitiendo la sanación integral que nos concede Jesucristo. A Él todos podemos acudir para sentirnos acogidos, comprendidos y perdonados; en definitiva, para sabernos personas nuevas, amadas en nuestra pobreza y limitación, hijos queridos en el Hijo amado del Padre.


¡Qué consuelo tan grande y qué tesoro tan valioso puede recibir la persona doliente al saberse configurada con el mismo Jesús, colaborando con sus sufrimientos en la obra salvadora del Hijo de Dios! Por eso, el carisma de las Siervas de María va más allá de ser enfermeras y cuidadoras. Su hacer es misión; su presencia, consuelo que alivia y fortalece, aun cuando permanezca silenciosa y vigilante. Su testimonio ofrece al paciente la oportunidad de fortalecer su unión con Dios y, en muchas ocasiones, la gracia del retorno al Padre de las misericordias.


Cuando una hermana entra en la habitación del enfermo, sabe que su ministerio es sagrado. Apenas la separa una puerta de la Capilla, de donde ha salido tras haber orado ante el Sagrario, y entra en un recinto que, desde la fe, contempla convertido en templo. Allí le espera Jesús, presente en el enfermo, y ella, sabiendo que ha sido enviada a realizar una misión hermosa, se hace presencia del Absoluto, del Trascendente. Desde la sencillez y el silencio que ofrecen la noche y el dolor, se mueve con el respeto que merece la persona a la que cuida y sirve. Para esa persona, se convierte en mensajera de la Buena Noticia, en cauce de la inmensa y amorosa ternura que el Padre celestial quiere derramar sobre sus preferidos. Su sola presencia transmite una seguridad que muchas veces sorprende incluso a los familiares.


¡Cuántas veces hemos comprobado que la inquietud del enfermo, que preguntaba “cuánto falta para que venga la Hermana”, desaparece al verla entrar! Una vez bajo su cuidado, el paciente se muestra relajado y tranquilo, lo que manifiesta que saberse acompañado le proporciona una notable mejoría. En ocasiones, durante la noche, el enfermo al despertarse dirige la mirada hacia donde sabe que está la Hermana, para comprobar que sigue velando su sueño, ya sea rezando, leyendo, trabajando o realizando alguna otra tarea, y vuelve a sentirse tranquilo y confiado.


Aunque el enfermo tenga familiares, estos deben ocuparse de otras responsabilidades o descansar —sobre todo cuando los servicios son nocturnos—. En esas largas horas, el paciente puede experimentar la soledad, pero la presencia de una Sierva de María le brinda alivio y consuelo en ese silencioso reclamo desde su lecho de dolor. Ahí cada Hermana desempeña un papel esencial, viviendo la dimensión mística de su vocación. Tanto si el enfermo es consciente como si no, ella lo atiende viendo en sus miembros doloridos al mismo Jesús, quien anima y fortalece, susurrando una y otra vez: “Lo que hagas a este pobre enfermo, a mí me lo hiciste”, “estuve enfermo y me visitaste”.


El arte de acompañar al enfermo en su soledad

¿Cómo no sentirse feliz inclinándose ante estas personas que necesitan cuidado y atención, proporcionándoles el alivio que está en nuestras manos? Nuestra Madre Fundadora, Santa María Soledad, solía decir: “Los pobrecitos son mis hermanos”, y como tales los trataba. Acompañar a quien sufre despierta y aviva esa relación fraterna cuyas raíces más profundas están en el amor con que Cristo nos amó y que, a la vez, nos pidió que fuera la señal de sus discípulos. Ese amor cristiano es el manantial que nutre nuestra condición como cristianas y como religiosas, y debería serlo para todo cristiano que se conmueve ante el dolor ajeno y siente que el Señor le pide salir a su encuentro para ayudarle. Así, el enfermo experimenta que su dignidad no disminuye con la enfermedad, que su situación no pasa desapercibida para quien ve en cada prójimo a un hermano.


¡Qué bueno sería si todos tomáramos conciencia del valor que nuestra presencia y compañía aportan a quien experimenta soledad y preocupación! Las palabras de Jesús: “Estuve enfermo y me visitaste”, son profundamente sugerentes. No menciona ningún otro hacer, pero ese visitar lleva consigo un peso inmenso para el enfermo: recibe compañía, consuelo, luz, fortaleza, esperanza y, sobre todo, el signo visible de la presencia y cercanía de Dios, que se sirve de seres humanos para darle cuanto necesita en ese momento: calor humano, empatía, escucha, consuelo y apoyo.


Pensemos que algún día seremos nosotros quienes necesitemos esa presencia amiga que nos acompañe y conforte. Entonces valoraremos lo que supone el arte de acompañar y estaremos en condiciones de descubrir que Dios mismo se hace presente con el don de la consolación, a través de quienes saben dedicar tiempo y presencia.


¡DIOS EN EL QUE SUFRE, Y DIOS EN QUIEN ACOMPAÑA Y AYUDA!

Sor Encarnación Rodríguez, S. de M.

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