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Sor Elvira Pérez: Una Vocación Religiosa Nacida en Camuy

  • Writer: Amor Que Sana
    Amor Que Sana
  • Jul 24, 2025
  • 7 min read

Updated: Feb 16

UNA SENCILLA HISTORIA VOCACIONAL

Nací en una humilde familia del barrio Quebrada de Camuy, Puerto Rico. Mis padres, Ramón y Nélida, fueron ejemplares y su amor nos formó a los cinco hijos en los valores del Evangelio como fervientes católicos y en las virtudes humanas como miembros de una sociedad. Soy la segunda de tres varones y dos mujeres. Aunque por la situación de la época en que mis padres se criaron no pudieron acceder a estudios universitarios, eran personas inteligentes y emprendedoras. Mi padre, como agricultor primero y luego albañil, ayudado de mi madre que se dedicaba a la costura, pudieron satisfacer todas nuestras necesidades vitales. Y, sobre todo, colaboraron fielmente para que nuestra educación fuera lo mejor posible.


Mis padres, siguiendo el ejemplo de mis abuelos, acostumbraron siempre el rezo del rosario en familia; y no solo el rosario, sino que, en Cuaresma, cuando no podíamos unirnos a los Vía Crucis de la parroquia por ser lejos y no contar con vehículo, en la casa se hacía, guiado y comentado por nuestro querido padre, q. e. p. d. Desde muy pequeños, él nos enseñó a guiar el rosario, de modo que a cada uno de los cinco hijos nos correspondía el rezo de un misterio. La catequesis en la capilla como preparación a la Primera Comunión era parte importante de nuestra formación religiosa. Recuerdo que a los seis años ya sabía el catecismo completo y mi deseo de recibir la primera comunión era tan fuerte que se lo comentaba a mis padres, quienes siempre me contestaban que tenía que esperar a cumplir los siete. No obstante, en una visita que nos hizo nuestro párroco, ellos le comentaron y el buen sacerdote quiso examinarme él mismo, después de lo cual me permitió acercarme por primera vez al ansiado sacramento sin contar con la edad requerida. Aún recuerdo los pecados de los que me acusé en mi primera confesión, que fue para mí un encuentro especial con el Jesús que sería mi alimento en pocos días. Salí tan feliz…

Sol Elvira Pérez

Aún muy niña comencé como lectora en la Santa Misa, impulsada por mi padre. Cuando me hice una adolescente, me preparé como catequista (aun cuando voy a mi casa de vacaciones, algunos de los entonces niños que preparé para su primera comunión me visitan con mucho cariño), cantaba en el coro, pertenecía a la Legión de María juvenil, grupo en el que se solidificó mi devoción mariana y comencé a visitar y ayudar a los enfermos del barrio. Mi madre me permitía o insinuaba ir a ayudar a enfermos y ancianos a lavarles la ropa, limpiarles la casa, etc. Para mí era algo especial. También algunas madres del vecindario me buscaban para cuidar a sus niños cuando tenían que hacer diligencias.


Nada de esto me hacía ser una joven diferente o especial, NO, llevaba una vida normal en mi edad. Tenía muchos amigos, me gustaba el baile, los paseos, la playa, etc., todo de manera muy sana. Mis padres confiaban plenamente en nosotros y nos permitían asistir a los encuentros con los chicos en la escuela.


Recuerdo que, en una ocasión, un primo hermano, que hoy es sacerdote, y yo dialogamos sobre una carencia que veíamos en la parroquia. Los niños tenían la catequesis, los jóvenes su grupo de jóvenes, los adultos tenían la oportunidad de varios grupos, pero los adolescentes estaban en medio, solos. Así que nos dirigimos a nuestro párroco y le expresamos nuestra inquietud, solicitando su permiso para organizar retiros de un día para adolescentes. Obtuvimos su visto bueno y nos dimos a esa tarea que atrajo grandes bendiciones para estos jovencitos, pues dábamos continuidad con reuniones de formación periódica. Mi primo era especial en la predicación, y solo éramos adolescentes igual que ellos.

Sol Elvira Pérez

Cuento todo esto, pues creo que fue importante todo ese ambiente que el Señor me permitió y en el que Él mismo, como excelente alfarero, fue preparando mi barro para la vasija que quería formar y llenar para repartir el agua a tantos sedientos en el camino.


Pero el inicio de una llamada más puntual se dio en unos días de misiones que realizó nuestro santo párroco, Padre José Betti, q. e. p. d., en nuestra parroquia. Por dos años consecutivos llevó a dos misioneros de los Sagrados Corazones a predicar misiones en la parroquia. Por supuesto que allí estábamos toda la familia, cada noche, con el entusiasmo que nos brindaba la fe. Una noche el Padre Rafael Carbonell proyectó unas imágenes de una misionera laica en algún país de África que se dedicó a ir de pueblo en pueblo buscando a los enfermos de lepra para asistirles en sus dolencias. Aquello me impresionó tanto, que las lágrimas me brotaron. Yo miraba las fotos que nos mostraba y luego miraba mis uñas bien arregladas y pintadas, me tocaba el cabello largo bien cuidado y que era parte de mi orgullo juvenil, y al volver la vista a las fotos me cuestionaba grandemente. ¿Por qué no podía hacer lo mismo? Hay tanta gente necesitada… En los días siguientes, quise dialogar con el misionero, quien me escuchó atentamente. Le expresé mis sentimientos y me animó a continuar en comunicación con él para ayudarme a encontrar mi camino.


Esto no quedó ahí, sino que comencé yo misma a cuestionar mis gustos y lo que me llenaba de alegría. Como dije anteriormente, me gustaban las fiestas y paseos, pero me di cuenta de que, sin pensarlo dos veces, si tenía invitación para una fiesta y me requerían para ayudar en algún retiro, aunque fuera en la cocina, yo elegía el retiro y cuando salía, aunque muy cansada, estaba feliz, y esa alegría me acompañaba todo el tiempo. En cambio, cuando iba a algún paseo, pasaba y allí quedaba. El Señor me estaba dando señales de que quería otra cosa de mi pobre persona.


Continué escribiendo al Padre Rafael, y él amablemente me dijo que sería bueno que hiciera algún encuentro vocacional con religiosas. Me envió una dirección y enseguida les escribí. Ellas amablemente me contestaron, invitándome a un encuentro en su convento. Lamentablemente, el lugar era muy lejos de donde yo vivía y, además, la fecha coincidió con una hospitalización de mi madre, y yo, como hija mayor, tenía que hacerme cargo de mis hermanos menores. Volví a escribir a las religiosas explicando mi imposibilidad para asistir y ya no volví a recibir nada de ellas. Esto fue una frustración para mí y pensé que, a lo mejor, no era lo que Dios quería.


Sepulté aquellos sentimientos y proseguí mis estudios de escuela superior, comenzando a hacer planes para el futuro. Me llamaba la atención la medicina, también las ciencias secretariales, etc. No estaba definida, pero sí sabía que quería estudiar.


Continuaba participando de todas las actividades en los grupos de la parroquia con gran alegría. En la Cruzada de Oración en Familia que se hizo en mi país, trabajé con gran empeño en cada una de las etapas. De esta surgió un grupo de jóvenes, dirigido por el director de la cruzada, el cual se dedicaba a programas radiales sobre temas de la fe. Cada domingo iba un grupo de tres o cuatro panelistas y un coro para amenizar. Un domingo fuimos los panelistas y el coro de mi capilla, así que formamos un hermoso grupo de jóvenes. Lo que no sabía es que esa tarde, el Señor me haría saber mi lugar.


Justo al lado de la estación de radio había una pequeña casa; en la puerta de entrada tenían una cortina, como hacía calor, tenían la puerta abierta y una leve brisa levantó la cortina y puso ante nuestros ojos admirados un grupo de religiosas vestidas de blanco. A nuestra expresión: “¡Son monjitas!”, ellas se levantaron y salieron al patio muy alegres y nos saludaron con cariño. Les comunicamos lo que hacíamos allí, mientras una hermana entró y trajo consigo trípticos y libros de promoción vocacional. Me dio de todo, y sentí en mi corazón fuertemente: “Aquí me quiere Dios”. Terminamos el programa y ardía en ansias de llegar a casa para leer todo cuanto la hermana me había proporcionado. Esa noche no pude dormir de la emoción. Al día siguiente, desde la escuela, por un teléfono público, llamé a la hermana promotora, Sor Buen Consejo Acevedo, q. e. p. d., para concertar una cita. Acudí esa misma semana a dialogar con la hermana, y todo fue corriendo como no lo había pensado.


Llegó el momento de decirle a mis padres que me sentía llamada a ser Sierva de María Ministra de los Enfermos. A pesar de que intuía que ellos no me pondrían problema, me sentía nerviosa. Era de los dos mayores y entiendo que tenían muchas expectativas en mi hermano mayor y en mí. Primero hablé con mi madre y ella me dio su aprobación sin problema: “Si Dios te llama, tienes que seguirlo”. Mi intención era que ella hablara con mi padre, pero me dijo que no lo haría, que era mi deber decirle yo misma. Al día siguiente lo hice, un poco nerviosa, y su respuesta fue: “Ojalá no tú sola, ojalá los cinco me dijeran que quieren irse a servir al Señor”. El Señor le tomó la palabra para dos de sus hijos, pues mi hermano menor es sacerdote.

Sol Elvira Pérez

Mi familia extendida también se alegró por la noticia, que fue dada por nuestro párroco el Día Mundial de las Misiones. Le comunicó a toda la feligresía la noticia de la partida de mi primo Osvaldo al Seminario de los Misioneros del Espíritu Santo y la mía al Aspirantado de las Siervas de María. Fue una alegría parroquial, pero para mí comenzaron los tropiezos en el camino. Al día siguiente, en la escuela, la noticia había corrido como pólvora, y hasta personas que no se dirigían mucho a mí lo hicieron para tratar de disuadirme de esa decisión. Me prometieron hasta conseguirme una beca para que me fuera a estudiar a una universidad de Estados Unidos, y no sé cuántas propuestas más. Pero la llamada era más fuerte que todos los halagos que pudieran hacerme. Terminé mi cuarto año de escuela superior e ingresé al aspirantado a comenzar esta historia sencilla de una vocación.


Además de toda la formación recibida en los centros de formación y comunidades, estudié Enfermería en la Universidad del Sagrado Corazón y Ciencias Religiosas en el Instituto Regina Mundi de Roma. Estudios que me ayudaron eficazmente a un mejor desenvolvimiento en la misión de servicio a los enfermos.


Ya cumplí 43 años de votos y he trabajado en varios lugares y oficios que me ha enviado la Congregación. En todos he servido con todas mis fuerzas, haciendo lo mejor posible, con la gracia de Dios. No obstante, puedo decir que mis años más felices fueron aquellos en los que pude servir de manera directa a tantos enfermos y pobres que el Señor puso en mi camino. No fui una Loli que se dedicó a cuidar los enfermos de lepra, pero pude aliviar otros enfermos y pobres en los que se reflejaba el rostro de mi Jesús necesitado de cuidado y consuelo.


Sol Elvira Pérez

S. de Mª

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