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Sor Stefanny Aquino Valdez

  • Writer: amor que sana
    amor que sana
  • 36 minutes ago
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Por la misericordia de Dios, Sierva de María. Nací en Santo Domingo, R.D., en un matrimonio de profunda fe cristiana procedente de La Vega, que engendró tres hijos, de los que soy la pequeña. Mi vocación a la vida consagrada, ante todo un don de Dios, es fruto del amor de mis padres, que con su testimonio sembraron en mí la entrega desinteresada al prójimo, de manera especial a los pobres y enfermos. Cada domingo, visitarles era el motivo de salida familiar, y lo que había en mi casa era para compartir sin demora.


He vivido una infancia dichosa, dentro de la Iglesia. A los 11 años de edad, mi padre nos envía a recibir las catequesis para jóvenes y adultos del Camino Neocatecumenal. Este ha sido el acto de obediencia más fecunda hacia mi padre, marcando un antes y un después en mi vida, pues nace una familia en la fe, la esperanza y el amor: mis Hermanos de Comunidad.


Era una joven inquieta. No me perdía una fiesta, cine, disco, compartir. Pero primero la Iglesia. Fue escuchando el Kerigma, viviendo la Eucaristía, la Celebración de la Palabra y las convivencias, donde la llamada de Dios se hizo insistente y fue calando en mi interior. Algunos familiares y amigos decían ver vocación en mí, pero el miedo a un nuevo estilo de vida me paralizaba, aún consciente de que solo me sentía feliz cuando servía a los demás. 


Al margen de los planes de Dios, inicié Odontología. Mucho éxito, pero sentía el corazón dividido, ajeno a la voluntad del Señor. Después de dos años, el 11 de octubre de 2013, en un retiro vocacional con las religiosas Sanchinas, puse mi vida en manos de Dios y, ante la imagen de la Inmaculada Concepción, acepté dejarlo todo y seguirle. Dios cambió el miedo en valentía, y fue abriendo paso de manera providencial.


Me transfiero a Enfermería mientras discierno a dónde Dios me quiere. El primer día de clases, una amiga me invita a Misa en el Convento de las Siervas de María. He aquí un encuentro de amor. Las Hermanas notaron que en mí había vocación; me invitaron a iniciar un proceso de acompañamiento en el que recibí de su parte un testimonio contundente de la alegría de servir al Señor, de que nada vale más que el amor, y es lo que ha dado sentido a mi vida. 


Pensaba que debía ser santa para ser consagrada. Sin embargo, Jesús me ha hecho comprender que solo era necesario darle mi persona, tal como soy, y Él, contando con mis debilidades, las va transformando, y las fortalezas y talentos recibidos los ha multiplicado, porque ser consagrada es una vocación completa, sí, ni siquiera la maternidad nos es ajena: Nos hace fecundas el tierno e infinito amor de Dios, el mejor Esposo, y en El engendramos Hijos en la fe, para la eternidad.


Esta invaluable dicha de ser Sierva de María Ministra de los Enfermos, Hija de Madre Soledad, de poder estar como María, al pie de la Cruz, ver a Cristo en el Hermano que sufre enfermedad y, a veces, abandono, es un tesoro que llevo en la frágil vasija de mi corazón, donde la gracia de Dios se manifiesta por encima de todo, porque solo somos siervos.


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