La influencia de la fe en la recuperación de trastornos emocionales
- amor que sana
- Feb 1, 2025
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Updated: Jun 7
P. Christian Santiago, Sch. P.
Durante el confinamiento preventivo del COVID-19, desarrollé un hábito de dialogar con diversas personas, ya que no tenía la oportunidad de tener contacto físico con ellas. Una de las muchas conversaciones era con mi padre y, en uno de los largos discursos que teníamos, mi padre decía que faltaba poco para que se acabara la pandemia. El comentario parecía alentador, sobre todo, para los que queríamos salir del encierro y respirar aire fresco, bajo un cielo azul y el adorno de las flores de primavera. Sin embargo, mi respuesta fue: “La pandemia no termina. Ahora comienza la pandemia.” Mi padre me preguntó extrañado qué quería decir con todo eso. Yo le respondí que había una pandemia emocional; una pandemia de la mente, que estaba escondida y que con la pandemia del COVID-19 había quedado al descubierto. La pandemia había venido a destapar la soledad en la que vivían las personas, la ansiedad producida por diferentes factores y la falta de cuidado personal que, en ocasiones, conducía a las personas a este estado. La falta de cuidado psicoespiritual puede llevarnos a diversos desórdenes como la depresión y el estrés. Esta reseña busca presentar diversos factores para la depresión y el estrés y alguna manera de tratarlos con base en la espiritualidad católica.
El primer aspecto de estudio es la depresión. Recientes estudios en psicología presentan como factor detonante la falta de autocuidado y espiritualidad; es decir, en la formación humana de la persona. Un descuido de esta interioridad puede verse reflejado en la doble vida, la adicción al trabajo y el orden de prioridades. En su libro, el psicólogo Aaron Kheriaty, junto al sacerdote John Cihak, propone la falta de unidad en la vida como una de las causas de algunos desórdenes psicológicos, como la depresión. Dice San José María Escrivá que uno no puede llevar una doble vida.
Cuando una persona vive separando los diversos aspectos de su vida, crea cierta inestabilidad emocional. Por eso, una de las recomendaciones que hace el psicólogo es la coherencia de nuestras acciones con aquello que creemos. La adicción al trabajo influye en los desórdenes emocionales. Según Kheriaty y Cihak, la adicción al trabajo es una pereza disfrazada. El exceso de trabajo intenta ocultar la carencia del trabajo interior. La persona se vuelca en el activismo, pero descuida su cuidado, y cuando tiene un momento de ocio, lo llena con alcohol, drogas o sexo desenfrenado. En un mundo convulsionado, podemos caer en la trampa de hacer muchas cosas y olvidar el descanso que “recrea”, como hacer ejercicio, compartir con los seres queridos, leer un buen libro, entre otras cosas, entre otras actividades que ayudan a formar una interioridad sana. También, el orden de prioridades puede afectar al desbalance emocional. Santo Tomás de Aquino habla de la caridad ordenada ( II Parte Q 26). En otras palabras, nuestro amor y apego a las cosas deben estar ordenados de tal manera que las cosas que son inferiores no ocupen más tiempo o espacio que los valores superiores. Por ejemplo, algunas personas descuidan la familia para emplear más tiempo en sus pasatiempos o en el trabajo. La falta de coherencia de vida, el activismo desenfrenado y el orden de prioridades no bien establecido crean un desbalance psicoemocional que puede causar depresión al individuo.
El papa San Juan Pablo II, en su carta encíclica Salvifici Doloris, busca responder al problema del sufrimiento humano. El Papa señala que el hombre, a diferencia de los animales, sufre. Los animales sienten el dolor, pero el hombre siente el dolor y sufre al buscar una respuesta a por qué está sufriendo (SD, 8). San Juan Pablo II invita a contemplar al crucificado. En Él está la respuesta al sufrimiento humano. Él se ha hecho partícipe de nuestro dolor para redimirlo (SD, 14)

En la actualidad, encontramos personas que viven en niveles de estrés muy elevados. La psicóloga Catherine DiNuzzo revela la teoría de los agujeros emocionales como posible causa del estrés. En su libro , DiNuzzo describe cómo son los procesos en el cerebro y los diversos mecanismos de defensa naturales creados por Dios para preservar nuestra vida. En las vidas de las personas, podemos experimentar ciertos agujeros que son acontecimientos que están fuera de nuestro control, como pueden ser traumas del pasado. Muchas veces, el individuo puede no recordar el evento, pero siente una sensación de ansiedad. En ocasiones, busca el alcohol, las drogas, el sexo, la comida para tapar el agujero. DiNuzzo compara esta situación con llenar el agujero de arena para construir. Sin embargo, lo que debería hacer el individuo es fundamentar bases sólidas. DiNuzzo señala que el principio es conocer la causa de esa sensación para después buscar mecanismos sanos para responder a las diferentes situaciones.
Diferentes experiencias en la vida pueden crear ciertas reacciones como la ansiedad, y las personas pueden vivir cubriendo esa sensación con prácticas no saludables. Por eso, la interioridad ayuda a tener conocimiento propio para reaccionar de manera saludable.
Si bien es cierto que diversos factores y experiencias pueden afectar la salud psicoemocional, la espiritualidad católica ofrece un sinnúmero de elementos que pueden ayudar a evitar o sanar traumas o desórdenes. El primer paso es la oración. La oración es la relación personal con Dios. Además, la oración provee el espacio para trabajar la interioridad personal. Santa Teresa establecía como principio de la espiritualidad el conocimiento propio. El conocimiento propio ayuda a entender nuestras carencias y reacciones para buscar otras maneras de encauzar nuestros traumas. La oración por excelencia es la vida sacramental de la Iglesia donde recibimos al mismo Jesús, en especial la Eucaristía. El sacramento de la reconciliación ayuda a sanar heridas del pasado. Además de la oración, la práctica de las virtudes ayuda a mantener estable la salud mental. Kheriaty y Chiak se enfocan en el desarrollo de virtudes. Una virtud es un buen hábito, y los buenos hábitos forjan una personalidad sana.
Las virtudes son disposiciones hacia la perfección y, por tanto, a la felicidad, ya que es la perfección a la que hemos sido llamados. Para esto es importante un plan de vida en el que el individuo trace unas metas concretas. También es necesario un director espiritual que ayude a la persona a ver las situaciones de manera objetiva. Por último, el mismo sufrimiento, como dice Juan Pablo II, es sanador, porque nos ayuda a desgastarnos como Jesús en la cruz; nos provee una oportunidad de crecer en el amor. San Ireneo, defendiendo la humanidad de Jesucristo, decía que lo no asumido no es redimido. Si no nos aceptamos como somos, si no aceptamos nuestros traumas y fragilidades, estaremos construyendo sobre arena y no llegaremos a ser felices. La Tradición de la Iglesia nos provee herramientas para aceptarnos, aceptar nuestra historia, nuestro dolor y vivir con ello. Concluyo con esta exhortación que hizo el papa Francisco: es esencial “cuidar de sí mismos”, para poder así cuidar de los demás. Aprovechemos los medios de nuestra espiritualidad para vivir de manera saludable.




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