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Carta 5: Fundación Misionera de las Siervas de María en Cuba en 1874

  • Writer: amor que sana
    amor que sana
  • Aug 1, 2025
  • 3 min read

Updated: Jun 7

Diciembre de 1874

Reviste esta carta un interés especial para las Siervas de María. Madre Soledad ve llegado el momento de dar comienzo a las gestas misioneras de la Congregación en “ultramar”. La voluntad de Dios se le manifiesta a través del Vicario Capitular de Santiago de Cuba, don José Orberá. “Meditando el asunto; convocadas y reunidas las siete Hermanas que intervienen en el régimen de la Congregación… se decide por unanimidad que pasen a Santiago de Cuba de ocho a diez Hermanas”.


Quiere Madre Soledad, sin dudar en ningún momento de la disponibilidad y valentía de todas y cada una de sus hijas, que esta avanzadilla misionera responda a un gesto generoso y voluntario de aquellas que se sientan llamadas por el Señor para dar este paso; por eso pide voluntarias para esta Fundación.


Las escogidas fueron: Madre Victoria Bugía como Superiora y las Hermanas Visitación Yagüe, Piedad Santa Olalla, Rosario Carvajal, Expectación Alonso, Filomena García, María Caridad Vieites y María del Sacramento.


La carta, por ser circular, se envió a todas las casas del Instituto. La que se presenta es la dirigida a la Comunidad de Valencia. Busca la Madre, ante todo, que Dios lleve a cabo esta obra para que en verdad sea solo suya, por lo que termina la carta con esta súplica: “Que Dios Nuestro Señor nos ilumine a todos, para que hagamos lo que sea de su mayor honra y gloria, bien de nuestras almas y prosperidad de nuestro Instituto”. Amén.


Reverenda Madre Superiora

diciembre de 1874

Reverenda Madre Superiora de la Comunidad de Siervas de María de Valencia:

Animadas las Siervas de María por el mayor desarrollo, propagación y extensión de su Instituto, y por interesarse en ello la mayor gloria de Dios, creo que en esa Comunidad, bajo el digno cargo de usted, habrá espíritus que, animados de celo por dicho objeto, no temerán arrostrar los peligros que ofrece surcar los mares.


Ya hace tiempo que la Divina Providencia indicó que necesitaba Siervas de María en la isla de Cuba, y una prudencia quizá malentendida ha resistido al llamamiento del Cielo; mas ahora este llamamiento es tan manifiesto que sería resistir a la voluntad de Dios no acudir a donde nos llama.


La Divina Providencia se ha valido de un instrumento de la mayor excepción: el mismo señor Vicario Capitular, sede vacante, del Arzobispo de Santiago de Cuba, es el comisionado por Dios y ha venido por ustedes.


Oída la pretensión de tan respetable señor, por su dignidad y virtud; meditado este asunto con el detenimiento que se merece; convocadas y reunidas para ello las siete Hermanas que intervienen en el régimen de la Congregación, se ha convenido, por unanimidad, que pasen a Santiago de Cuba de ocho a diez Hermanas, por parecer ser esta la voluntad de Dios.


Nos congratulamos de que todas las Hermanas de la Congregación, fieles a su profesión, irán gustosas y con obediencia ciega a donde se las mande; pero en esta ocasión lo dejamos a la voluntad de las que se ofrezcan, para que su mayor desprendimiento voluntario les sirva de mayor mérito.


Son comprendidas en este llamamiento y ofrecimiento desde la Superiora hasta la última Hermana que haya cumplido cuatro años de profesión; mas, si hubiera alguna que, animada de su celo, sin cumplir los dichos cuatro años, se ofreciera, nos lo hará presente y resolveremos lo que se crea conveniente. En todo caso, esperamos contestación de todas las Hermanas de esa Comunidad, sin distinción alguna, sea por sí misma o por su confesor. Esta contestación debe llegar a nuestras manos del 15 al 17 del actual.


Antes de que usted lea esta carta a la Comunidad, las reunirá en el oratorio y exhortará a todas las Hermanas a que pidan a Dios con mucho fervor que las ilumine en un asunto interesante para la Congregación. Concluida la oración, les leerá usted la carta en la habitación que crea conveniente y les encargará que den su resolución en secreto en la forma expresada.


Encargue usted al director espiritual de esa comunidad la esquela adjunta y, al mismo tiempo, hágale partícipe de esta carta.


Que Dios Nuestro Señor nos ilumine a todos, para que hagamos lo que sea de su mayor honra y gloria, bien de nuestras almas y prosperidad de nuestro Instituto. Amén.

Madrid, diciembre de 1874


LA SUPERIORA GENERAL Soledad Torres


EL DIRECTOR SUPERIOR Ángel Barra


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