De joven común a Sierva de María: Mi Vocación Religiosa
- amor que sana
- Mar 26, 2025
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Sor Enerolisa Santos BatistaS. de M.
Vocación, un regalo de Dios
La vocación religiosa es un regalo que Dios da a quien quiere y cuando quiere. Esto fue lo que sucedió en mi vida personal. Cuando cumplí 18 años, me parecía tener todo lo que una joven de mi edad deseaba: una familia que ama con locura, muchos amigos debido a las diferentes instituciones a las que pertenecía. Entre ellos están los jóvenes de “Unión Juvenil”; a ellos les agradezco en gran manera mi crecimiento espiritual, ya que viví experiencias muy bonitas que me hicieron crecer como persona de fe.
También están mis amigos “bomberos”, a quienes admiro por su hermosa labor desinteresada y por lo que de ellos aprendí. Además, recuerdo a mis compañeras de equipo de pelota, con quienes aprendí lo que significaba perder o ganar. En este ambiente tan revuelto, pero a la vez sano, me encontraba cuando Jesús tocó las puertas de mi corazón. Como toda joven, pensé que este no era mi camino y que Dios no se fijaría en alguien como yo.
Todo comenzó cuando el padre Ignacio me interpeló sobre la idea de ser religiosa, a lo que respondí que yo no servía para eso. Pero Dios tenía otros planes para mí. Guardé la hojita de promoción que me regaló (que, por cierto, era de las monjas de clausura). La leí, me gustó ver a las monjas jugando, pero no pasó a más.

Cuando estaba en cuarto año, todos mis compañeros decidían qué iban a estudiar. Fue entonces cuando Jesús nuevamente tocó e insistió. Sentía dentro de mí como una angustia o tristeza —no sé si son las palabras correctas—, pero me sentía como entre la espada y la pared. Por un lado, tenía la ilusión de estudiar, hacerme profesional, tener una familia, etc.; y, por otro, la voz tierna de Jesús que me invitaba a ser solo de Él y a trabajar por su causa.
A partir de aquí comencé a indagar, haciéndoles preguntas a las Hermanas del Perpetuo Socorro con las que estudiaba acerca de la vocación religiosa y otras inquietudes que tenía. Mientras todo este torbellino pasaba en mi interior (creo que se me hizo un poco más duro porque no me atreví a hablarlo con nadie, quizás por respetos humanos o por el qué dirán), Jesús iba seduciéndome con su mirada apasionante. Tan pronto comencé a enfrentar la situación, la paz poco a poco fue volviendo a mi corazón.
Después de compartir algún tiempo con estas Hermanas, la providencia de Dios puso en mi camino a las Religiosas Siervas de María, y creo que jamás podré olvidar cómo se me fueron los ojos detrás de aquellas monjitas vestidas de blanco. Toda mi vida fue cambiando sin darme apenas cuenta, pero faltaba el sí definitivo, hablar con mi familia, etc. Y aunque no les dije directamente a mis padres que quería ser religiosa, agradezco infinitamente a Sor Luz Morales S. de M. por haberme preparado el camino.

Digo esto porque, en una visita que realizamos a las Hermanas de La Vega, en una conversación muy amena, Sor Luz le dijo a mi papá que si se sentía feliz al saber que su hija quería ser religiosa. En estos momentos no recuerdo la reacción de mi querido padre, pero lo cierto es que se hizo más fácil hablar con él. La paz y la alegría total vinieron cuando dije interiormente que sí, que lo iba a seguir hasta las últimas consecuencias, que lo dejaba todo por seguirlo, porque una vez Jesús mira a una, es imposible decirle que no.
Hace ya unos cuantos años que, en compañía de mis padres, una amiga y una hermanita de apenas tres años, llegué al Aspirantado de las Siervas de María. Ese hermoso día me subí a la barca del Maestro para remar mar adentro en mi vocación como Sierva de María. Hoy, en mi plena juventud, ya soy religiosa de votos perpetuos. Lo que al principio parecía una loca aventura se ha convertido en una fascinante e inefable experiencia de amor (claro, en compañía de Jesús, mi Amado Esposo), porque, a pesar del mal tiempo que suele haber en el mar tempestuoso, no temo ningún vendaval, pues Jesús, el amigo fiel, es quien va al frente de esta barca. Él es el Capitán.




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