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¿Beber Del Mismo Pozo Que Bebió Madre Soledad?

Writer: Amor Que Sana
Amor Que Sana
10 minutes ago
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En este Año Jubilar que estamos celebrando las Siervas de María, jalonado por varios acontecimientos congregacionales, nos acercamos al 11 de octubre, una fecha muy querida para nosotras, ya que es la festividad de Santa Mª Soledad, nuestra Fundadora, y ese día la miramos de manera especial, porque su humilde figura es contemplada con ojos que desean ver más allá de lo visible. Una Novena sobre sus virtudes nos propicia el conocerla mejor,  mirarnos en ella como quien se mira en un espejo, a fin de descubrir la belleza de un alma que se dejó seducir por el Señor, quien la fue modelando por la constante y suave acción del Espíritu Santo. Él quiso regalar un nuevo carisma a su Iglesia, y para ello eligió, como siempre suele hacer, “a lo pequeño, a lo frágil del mundo, a lo que no cuenta, para confundir a lo que cuenta”. 


Madre Soledad Torres

Al leer la vida de Madre Soledad caben dos posibilidades: quedarse con la impresión de quien sólo ve la superficie de un diamante en bruto, y no manifiesta interés en conocer a fondo su valor, o bien experimentar la inquietante necesidad de profundizar y averiguar qué se esconde en esa humilde figura que atrajo la mirada complaciente del Señor. Sí, su sencillez y humildad eran tales, que para nada buscaba aparentar y aparecer atribuyéndose algún mérito propio. Quien se arriesga a superar esa primera actitud, y profundiza en el interior de aquella humilde religiosa, poco a poco se adentrará en la obra que el Espíritu de Dios realizó en su alma. Sí, es preciso detenerse y dar cabida al asombro ante el proceso de transformación interior, viendo en ella cómo el Señor no le privó de sufrimientos y fatigas, sino que a través de ellas, la configuró con su Divino Esposo, llevando a cabo el proyecto que Él mismo había diseñado para la humilde Madre Soledad.

 

Aquella pequeña flor exhaló un suave perfume que no fue pasajero, ni pasó desapercibido en el Madrid de siglo XIX, y es que como humilde violeta, siempre se olvidó de sí, compadeciéndose de los demás, dándose en callado servicio. Su sencilla humildad y caridad exquisita definían aquella pequeña mujer que poco a poco vivió el entero proceso de quien sigue a Jesucristo. Sabemos que el camino del discípulo debe ser como el de su Maestro. Y ella lo recorrió hasta el final, perseverando en las duras etapas que conducen a la cita del calvario, porque sus ojos y su alma estaban en verdad siempre fijos en su Señor, reconocido en los enfermos. 


Su fragilidad se convirtió en fortaleza, su pobreza y despojo, resultó ser fuente de riqueza para los demás, y el Señor la convirtió en cauce de sanación ante todos aquellos pobres enfermos en los que la curación física quizás ya no era posible, pero sí la sanación interior. Su humilde figura es hoy para nosotros la de una mujer que supo acoger el plan de Dios y lo realizó plenamente, dejando que las riendas de su vida las llevara siempre Él. Con gran decisión y generosidad acogió el regalo de su vocación, consciente de que era “un lote” hermoso, compuesto de luces y sombras, de penas y alegrías. Y no cabía separarlo. Por eso nada le asustó, ni se acobardó cuando llegaron los momentos de dificultad.


Madre Soledad  era consciente de su pequeñez, de su poquedad, como ella solía decir; se conocía bien, porque estaba abierta a la Luz, y ante el que es la VERDAD no cabe engaño. Madre Soledad desde su realidad más sincera sólo sabía darse, porque quien descubre que la esencia de la vida es amar, no aspira más que a llegar a ser reflejo de Aquel que San Juan define con tres palabras muy potentes: “DIOS ES AMOR”.


Madre Soledad fue una aventajada alumna de la “Escuela de María”, por eso ser Sierva de la “Primera Sierva del Señor”, marcó un modo de ser que se reflejaba en su actuar, y que atrajo y atrae a quien arde en ansias de darse, correspondiendo a Aquel que llama por nombre. Las Siervas de María sabemos que Madre Soledad abrió un camino en la Iglesia y en la sociedad, que fue aprobado hace justamente 150 años, y conduce a una hermosa meta.


Nosotras siempre miramos a nuestra Fundadora viendo en ella el modelo para ser una verdadera Sierva de María. Pero este año nuestra mirada es más profunda, y el mensaje que nos transmite cuando nos sentimos miradas por ella, también lo es. Son miradas mutuas, en las que aflora lo mejor que cada una guarda en su corazón, sintiéndonos interpeladas para vivir hoy el carisma con toda su potencialidad, no para hacer lo mismo que ella hizo, sino para hacer lo que hoy debemos hacer, como ella lo hizo, impulsadas y animadas por el mismo Espíritu, buscando la gloria de Dios, y configurándonos con Cristo. Un Cristo  que vive y se hace presente en los enfermos, a los que la Iglesia nos envía para cuidarlos siendo para ellos cauce de consuelo y sanación. Ese es el Carisma de Siervas de María. Ahí está el motor que nos impulsa, la fuente que nos nutre, que nos enriquece y que nos rebasa para que la compartamos con los que la necesitan. 


Me viene a la mente una anécdota de hace algo más de una década. Estaba yo pasando unos días con mi familia, y me pidieron que hablara con uno de los resobrinos, de cinco o seis años, que lo estaba pasando mal, a causa de los celos que tenía al ver cómo sus padres se volcaban con su hermanito de apenas unos meses. Sufría al sentirse “desplazado”, pues hasta entonces había sido el centro de la familia, al no haber ningún otro niño que acaparase la atención de todos. Delicada tarea se me encomendaba, pero en cuanto se me presentó la ocasión propicia me puse a dialogar con él, deseosa de hacerle ver que todos le queríamos mucho, tanto a él, como a su pequeño hermano, y que sus padres sencillamente proporcionaban al bebé los mismos cuidados y atenciones que él también había recibido de pequeño. Prestaba mucha atención a mis palabras, y le puse un ejemplo para que entendiese mejor cuanto yo quería transmitirle, y le dije: 


  • Vosotros tenéis un pozo en el campo, ¿verdad?, pues imagínate que tu padre y tu madre van a sacar agua con un cubo muy grande, ¿se acaba el agua del pozo?

  • No, respondió rápidamente.

  • Luego vas tú con un cubo pequeño y sacas también agua, ¿se acaba el agua?

  • No, me dijo mirándome fijamente.

  • Imagínate que tu hermano va también con un cubo pequeñito, ¿se termina el agua?

  • No.

  • Pues así es el amor de los padres, como un pozo lleno de agua. Cada uno saca la cantidad que necesita, y nunca se agota. Me has entendido?

  • Perfectamente, dijo con rotundidad. 

Y su semblante cambió, recuperando su habitual sonrisa.


Esta pequeña anécdota me ha venido a la memoria al considerar que, Madre Soledad recibió un carisma que se asemeja a un pozo del que no solamente ella bebió, sino que seguimos bebiendo cuantas Siervas de María recibimos esa llamada. Personalmente de ahí nos nutrimos, y podemos repartir el frescor y pureza del agua que alivia y consuela a los enfermos y necesitados que atendemos.


El pozo no se agota, está abierto para quien sienta esa sed interior 

de hacer de su vida algo que merezca la pena, 

a través de la sencilla y alegre entrega a los hermanos, configurándose con el Maestro.


Sor Encarnación Rodríguez, S. de M.

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