Tras años de abnegación y expansión silenciosa, la Iglesia reconoció la autenticidad del carisma de la Congregación. En 1876 se recibió la aprobación diocesana y, posteriormente, el Papa León XIII concedió el Decreto de Alabanza y la aprobación definitiva de las Constituciones. El carisma de velar al enfermo dejó de pertenecer solo a un grupo de mujeres en Madrid, para convertirse en un don oficializado para toda la Iglesia universal.