¿Es posible tocar a Jesús hoy? Descubrirlo en la Eucaristía y el prójimo
- amor que sana
- 4 days ago
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¿ES POSIBLE “TOCAR” A JESÚS?
Es este un interrogante que así, de repente, nos puede causar como mínimo extrañeza. Nos puede “descolocar” un poco, porque es una pregunta poco habitual, creo. Puestos a responder, la reacción normal de una persona creyente será decir rápidamente que sí, pues en la Eucaristía, los católicos, al comulgar, recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión, entonces ¡claro que “tocamos” a Jesús! puesto que lo recibimos en su esencia total: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Un Misterio que nos conduce a la más estrecha unión que puede darse entre Dios y su criatura. Es la más excelente manera de “tocar” a Dios, que siendo Inmenso y Absoluto, en su misterio de amor se deja comer y beber por su criatura, haciéndose uno con aquellos que le reciben con fe y amor.
Mi reflexión no se detiene en esta maravillosa realidad de la presencia de Jesús en la Eucaristía, donde podemos contemplarlo, adorarlo, dialogar con Él, dejarnos mirar por Él y tal vez cantar: “Tan cerca de mí, que hasta lo puedo tocar. ¡Jesús está aquí!”.

Ahora quiero referirme a otras maneras de “tocar” a Jesús, a otro modo de presencia donde Él quiere que le encontremos, no sólo que lo veamos, sino que nos impliquemos “tocándolo”, es decir, poniendo verbos activos, como mirar, acercarse, compadecerse, curar heridas, acariciar, limpiar, servir, etc.
Y es que Jesús nos ha puesto las cosas muy fáciles, con tal de que sepamos acercarnos allí donde se hace presente. Sólo nos pide abrir los ojos y tenerlos limpios, al igual que el corazón, para poder verlo. Quien tiene fe para descubrirlo en la Eucaristía, sabe descubrirlo también en el prójimo, viendo en cada persona un hermano, revestido de la dignidad de hijo de Dios, y por tanto merecedor de nuestro amor. Ahí radica el fundamento de la verdadera fraternidad.
Claro está que la presencia de Jesús en la Eucaristía es presencia real, única, y no es comparable a otros modos de presencia: en su Palabra, en los pobres, en los que sufren por diversas causas, en los niños, etc. Aquí nos referimos ahora a otra realidad, en la que Jesús toma como hecho a sí mismo, cuanto hagamos a los demás. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Mt 25, 40.
Aceptar esta realidad quiere decir que si Jesús toma como hecho a Él mismo lo que le hago al prójimo, mi relación con cada persona necesitada está marcada por el espíritu de fe y, por tanto, procedo como si del mismo Cristo se tratara. A veces cuesta mucho reconocer a Cristo en ciertas personas, pero nuestro actuar debe seguir marcado por la fe, no por las apariencias.
Recordemos ahora la parábola del Buen Samaritano. Pasaron junto al hombre herido distintas personas, pero sólo una tuvo ojos para ver, corazón para compadecerse y manos para ayudar. Sólo una fue prójimo, sólo una, y en ella se retrata Jesús mismo, ya que Él es el Buen Samaritano que al vernos heridos en el camino de la vida, se nos acercó, ¡y de qué manera! Todos sabemos a qué precio nos rescató: “Sus heridas nos han curado”.
Nosotros tenemos el ejemplo de Jesús y sus palabras, atravesando siglos y siglos, que siguen aportando luz y fuerza a quienes se toman en serio su vida, y buscan motivos que trasciendan lo caduco y efímero de este mundo: El dijo: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era forastero y me acogiste, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste, en la cárcel y fuiste a verme”. Mt 25, 35-36.
Cuando es el amor el que nos mueve, un amor nutrido por el Pan de Vida que es la Eucaristía, y por la Palabra de Dios, no podemos quedarnos inertes cuando nuestro prójimo nos necesita. Algo, o mejor dicho, Alguien, nos impulsa y nos empuja a acercarnos a quien de cualquier forma reclama ayuda. Es ese el distintivo de los discípulos de Jesús: “Amaos unos a otros como Yo os he amado, en eso conocerán que sois mis discípulos”. Y aquella noche, antes de que nadie pusiera sus manos sobre Él, se adelantó y se entregó. La “entrega” será su distintivo, y por siempre también será el distintivo de sus seguidores.
Hoy somos nosotros sus seguidores; y somos los que tenemos que hacer realidad visible el distintivo, el mandato de Jesús: amarnos, entregarnos a quien nos necesite. Para ello hay que olvidarse de uno mismo, de gustos, de sentimientos, de ofensas, de caprichos, de…tantas cosas que surgen como razones para excusarnos, necesidades personales cuando nos convertimos en el centro de nosotros mismos. Es preciso romper moldes, salir de sí, alzar la mirada, como nos pide el Papa León en su viaje a España. Entonces descubriremos el sentido de nuestra vida, que nos es dada para hacer con ella algo grande, como es amar en plenitud a Dios y a los hermanos, superando egoísmos y egocentrismos.
Nuestra vocación de Siervas de María Ministras de los Enfermos, está atravesada toda ella, desde su mismo nombre, por un amor que se hace servicio y entrega, a ejemplo del Divino Maestro. Servir, cuidar, consolar, acompañar, y curar los miembros doloridos de Cristo nos permite “tocar” al mismo Jesús. Es darnos en gratuidad, gastar la vida entera, a ejemplo de nuestra Fundadora, Santa M.ª Soledad Torres Acosta, que lo aprendió mirando a la Virgen María, quien, al pie de la Cruz, acompañó e hizo suyo el dolor de su Hijo, ofreciéndolo al Padre en favor de los nuevos hijos que allí, al pie de la Cruz, le fueron entregados.
Pero también cualquiera que lea estas líneas se puede ver reflejado en ellas, pues las palabras de Jesús van dirigidas a todos sus discípulos, y como queda dicho arriba, sólo es necesario alzar la mirada y ver que todos somos hijos de Dios, y por tanto, hermanos, y como tales hemos de comportarnos. Cada cual en el ambiente en el que se mueve puede encontrar diversas ocasiones en las que puede hacer el bien, prestando ayuda a quien la necesite. Pensemos que Jesús se oculta detrás de cada rostro y nos mira esperando que “le toquemos”.

Así podremos oir de labios de Jesús: “Ven, bendito de mi Padre, porque estuve enfermo, y me visitaste, estuve solo y me hiciste compañía, carecía de cariño y supiste dármelo; me encontraba triste y tu sonrisa me hizo creer de nuevo que vale la pena vivir; estaba mendigando y te acercaste dándome mucho más que comida; me sentía despreciado y tú te interesaste por mí, como si me conocieras de siempre, etc.
¡Cuántas ocasiones para amar, tocando y sanando las llagas de Jesús en sus miembros dolientes!
Sor Encarnación Rodríguez, S. de M.
