Fieles a la llamada del Concilio Vaticano II, la Congregación inició un proceso profundo de renovación eclesial. Sin tocar un ápice del carisma fundacional de asistencia a los enfermos, se actualizaron las Constituciones, se revisaron los métodos apostólicos y se abrieron nuevas misiones adaptadas a las realidades y necesidades del dolor moderno en el Tercer Milenio.